Globo Madrid - Testigos y voluntarios relatan la respuesta ciudadana tras el accidente de Urda

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Testigos y voluntarios relatan la respuesta ciudadana tras el accidente de Urda
Testigos y voluntarios relatan la respuesta ciudadana tras el accidente de Urda

Testigos y voluntarios relatan la respuesta ciudadana tras el accidente de Urda

Tras el trágico accidente ferroviario en Urda, vecinos y personal sanitario relatan cómo la respuesta ciudadana se activó de forma inmediata. La solidaridad, la improvisación y el apoyo psicológico marcaron los primeros días tras la catástrofe que dejó decenas de fallecidos y heridos.

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El miércoles 28 de octubre, el rutina diaria de María se interrumpió abruptamente a las 8.58 horas. La técnico de ambulancias, cuyo nombre real prefiere mantener en el anonimato, recibió una llamada del Servicio de Salud de Castilla-La Mancha (SESCAM) que le ordenaba acudir a la estación de Urda debido a un accidente ferroviario. En ese momento, no podía imaginar que esa escueta comunicación marcaría un antes y un después en su vida y en la de toda la región. El balance final sería devastador: 69 muertos y más de 200 heridos.

Casi al mismo tiempo, en el municipio vecino de Los Yébenes (Toledo), Antonio Martín y María José Torres vivían una jornada especial. Era su aniversario de boda y habían planeado pasar el día tranquilo en el campo con sus hijas. Sin embargo, sus planes cambiaron radicalmente cuando observaron un helicóptero sanitario que pasaba por encima de ellos. Aunque inicialmente no le dieron importancia, creyendo que se dirigía hacia Urda o Ciudad Real, su rutina se rompió definitivamente a las 9.15 horas al enterarse del desastre por una llamada telefónica y ver las primeras imágenes del impacto en la televisión.

Antonio y María José tienen experiencia en supervivencia y primeros auxilios e incluso están montando una empresa para impartir cursos formativos en esta área. Ante la gravedad de la situación, no dudaron en actuar. Antonio contactó con un vecino que tenía una tienda de alimentación en el polígono industrial, quien ya había colaborado anteriormente durante las inundaciones provocadas por la DANA Adam. Juntos vaciaron su vehículo de todo lo innecesario y lo llenaron de agua, llegando a transportar casi un palé completo.

"Salimos corriendo", resume María José. Durante el trayecto hacia Urda, ambos confiesan que no pudieron evitar pensar en la experiencia previa con las inundaciones de Adamuz. Al llegar al lugar del siniestro, el equipo sanitario de María ya se había adentrado por un camino siguiendo las indicaciones de la Guardia Civil hasta la zona donde se encontraba la cabeza del AVE. Ella recuerda haber entrado en "modo automático", impulsada por la adrenalina, sin ser consciente del paso del tiempo ni de cuántas horas transcurrirían antes de que el equipo parara para reponer material y regresara a su base.

Han pasado varios días desde los hechos, pero la voz de María aún tiembla al recordar aquellos momentos. "Yo esto no lo he visto en la vida, sinceramente. Fue muy traumático", reconoce. Su grupo fue uno de los primeros recursos sanitarios en llegar, junto con otro equipo de Atención Primaria del que desconoce su procedencia. En medio del caos y con pocos efectivos, comenzaron a realizar triajes clasificando a las víctimas por colores: rojo, amarillo y verde según la gravedad.

Mientras tanto, Antonio y María José se encontraron con patrullas de la Guardia Civil y otros vecinos cerca de la zona de actuación sanitaria. Aparcaron en un apartadero habilitado junto a la carretera, donde se encontraban el alcalde, Jesús, y el amigo que les había avisado. La Guardia Civil les instruyó para que entregaran el agua transportada a una camioneta pickup de otro particular. Antonio añadió un botiquín personal y, tras ponerse chalecos reflectantes, entraron en la zona del accidente.

Recuerdan caminar hacia el cruce entre Urda y Los Yébenes, donde ya había muchos vecinos llevando víveres. María José admite que iba temblando, pero la adrenalina le permitía hacer lo que se le pedía. El matrimonio se quedó a la espera de instrucciones y fue testigo de cómo cientos de coches llegaban al lugar, una movilización que dejó a Antonio impactado. Su vehículo sirvió para trasladar a heridos leves o personas ilesas. María José acompañó andando a un hombre mareado hasta la carretera para que fuera recogido.

Posteriormente, se solicitaron más vehículos para el traslado de personas con heridas menos graves. El matrimonio llevó a tres chicas visiblemente heridas hasta el pabellón habilitado en Urda. "Yo intentaba tranquilizarlas. Iban muy asustadas, necesitaban un abrazo o que les cogieras de la mano", cuenta María José. En esos momentos, las palabras faltan; solo pudo decirles que estaban vivas y que volvían a casa, sabiendo que una de ellas viajaba a Sevilla para operar a su madre.

Poco a poco fueron llegando refuerzos: más efectivos sanitarios, transporte no asistencial (TNA), guardias civiles, policías locales y Protección Civil. Estos últimos ayudaron enormemente sacando gente de los vagones y avisando ante cualquier cambio en el estado de los heridos. La situación comenzó a organizarse cuando se montaron pequeños hospitales de campaña en el terreno y se estableció un Puesto de Mando Avanzado (PMA). Llegaron efectivos del SAMUR, SUMA, bomberos y helicópteros. Las personas heridas fueron filiadas y trasladadas a hospitales según fuera necesario.

María, con ocho años de servicio habitual en emergencias sanitarias, perdió la noción del tiempo en Urda. Entre las imágenes que se le mezclan en la memoria está el momento en que alguien le ofreció agua en pleno caos. Agradece profundamente la solidaridad de la gente del pueblo que llevó comida y bebida. Antonio destaca un aspecto positivo: la accesibilidad del lugar permitió que los efectivos de emergencias llegaran rápido y bien. En apenas diez minutos, ya había entre 70 y 100 vehículos en la zona.

Al subir a un paso elevado sobre las vías, ambos fueron conscientes de la magnitud de lo ocurrido. Antonio describe una sensación de impotencia invadiéndole, sentimiento con el que coincide María José, quien deseaba haber podido ayudar más. Permanecieron en la zona durante un par de horas hasta que llegaron autobuses para trasladar a los viajeros y Protección Civil se hizo cargo de la gestión. "Hay que dar gracias por todo el gran despliegue", reconoce Antonio.

Sin embargo, irse a casa no era una opción inmediata. En Los Yébenes, preparaban un pabellón frente a la posible llegada de heridos. El matrimonio se dirigió allí, sacó sus chalecos (forman parte de Protección Civil en periodo de formación) y preguntó si podían colaborar. Recibieron donaciones de mantas, papel higiénico y alimentos no perecederos tras una llamada realizada por redes sociales. También acudieron un médico del centro de salud, enfermeras y personal de ambulancias que estaba de libranza.

Por suerte, solo llegaron siete heridos a ese punto secundario y venían ya atendados; les hicieron un último vistazo y los enviaron a casa. La emergencia quedó centralizada en Urda. Con el paso de los días, lo vivido ha cobrado una dimensión diferente para María. Le cuesta dormir y le vienen a la cabeza imágenes del momento con muchas personas presentes. Deja la frase a medias, diciendo que quizá no sea consciente de todo lo que pasó desde que llegó con la UVI móvil al lugar aquel día.

De repente, recuerda el traslado de una persona herida al otro lado de las vías, hacia la zona donde se prepararon hospitales de campaña. "Desgraciadamente, murió", cuenta tras un breve silencio. Se repone y afirma: "Es necesario hablarlo y soltarlo, porque esto es complicado de gestionar, y estamos un poco tocados".

En Urda, los equipos psicosanitarios han tenido que atender también a los profesionales del dispositivo, tarea que continúan realizando al menos hasta el 4 de noviembre. Muchos están afectados, al igual que los vecinos que vivieron la catástrofe muy de cerca. Nueve días antes, una tromba de agua había inundado el pueblo debido a la DANA Adam.

Guillermo Fouce, psicólogo del Servicio de Atención Psicológica gratuito de UGT creado este año en colaboración con la Fundación Psicología sin Fronteras, activó su equipo el sábado por la tarde. El domingo por la mañana, ofrecían "ventilación emocional" a quienes lo necesitaran. Su labor consiste en contar qué es lo que les ha pasado para "normalizar esas emociones".

Esta tarea también la realizan efectivos de la Guardia Civil y de Cruz Roja, como Juan Manuel Barrachina, psicólogo jubilado en los Equipos de Respuesta Inmediata en Emergencias (ERIE). "Nuestra labor principal es estar, acompañar y aliviar el dolor en la medida de lo posible", explica.

María se queda con el recuerdo de la solidaridad de la gente que no estaba trabajando pero se presentó para ayudar. Un ejemplo claro es Miguel Ángel Laguna, bombero del Consorcio Provincial de Extinción de Incendios y Salvamento (CPEIS) de la Diputación de Toledo. Ese día no le tocaba guardia, pero al conocer la magnitud de lo sucedido, decidió desplazarse hasta el siniestro. Observó cómo mucha gente se autoevacuaba y se ayudaban mutuamente los viajeros.

Su labor se centró en la gestión y coordinación del operativo, aunque subraya que sus compañeros estuvieron en contacto directo con las escenas más duras. "Realmente no procesas el escenario, el ambiente en el que te encuentras, hasta ahora o días después", concluye.

D.Rodriguez--GM